Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano de 1789

Yukari Guadalupe Carvajal Mercado | Jesús Eduardo Escalera Diezmartínez



La Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano es un documento que contiene el reconocimiento de los derechos naturales e inalienables que posee todo ser humano, adoptado durante la revolución francesa, el 26 de agosto de 1789, marcando el fin del Antiguo Régimen y el principio de una estructura social moderna en Francia.

“Los representantes del pueblo francés, constituidos en Asamblea Nacional, considerando que la ignorancia, el olvido o el desprecio de los derechos del hombre son las únicas causas de las calamidades públicas y de la corrupción de los gobiernos, han resuelto exponer en una declaración solemne los derechos naturales, inalienables y sagrados del hombre, para que esta declaración, estando continuamente presente en la mente de los miembros de la corporación social, les recuerde permanentemente sus derechos y sus deberes…”
Este documento cuenta con un total de 17 artículos, los cuales protegen la libertad, la igualdad, la propiedad, la seguridad jurídica y la resistencia a la opresión. Los hombres nacen libres e iguales, con los mismos derechos, por lo que las distinciones sociales sólo se pueden basar en el bien general. El lema de la revolución –que se ha mantenido hasta la fecha como oficial de ese país– es: “Libertad, Igualdad y Fraternidad. La Declaración está basada en la filosofía de la Ilustración, en particular en autores como Montesquieu, Rousseau y Locke, y tiene su claro antecedente en la Declaración de derechos de Virginia (Estados Unidos).

Características físicas

Está redactada en hojas de papel con un tamaño de 20 por 31.5 centímetros, escrita de puño y letra con tinta.
Se trata de un extracto de los registros de las sesiones de la Asamblea Nacional. Aunque fue proclamada en agosto, tiene una fecha posterior, del 30 de septiembre, en virtud del proceso de aceptación; por ello tiene la firma, entre otras, del rey Luis XVI. El documento se encuentra en los Archivos Nacionales (Francia).

Contexto político

En las vísperas de la revolución, Francia mantenía –en plena Edad Moderna– una estructura social tripartita, propia de la Edad Media, basada en un sistema de privilegios. Los tres estamentos sociales eran la nobleza, el clero y el pueblo.

Francia atravesaba una crisis económica, cuya solución implicaba el aumento de impuestos, en particular a las clases privilegiadas (constituidas por la nobleza y el clero), para mejorar los ingresos estatales. El parlamento, que se vería afectado por tales reformas fiscales, se negó a aceptarlas. Por ello, los tres estamentos fueron convocados en Versalles con la finalidad obtener su aprobación. Ante las discrepancias, los representantes del tercer estamento (el pueblo) decidieron proclamarse como Asamblea Nacional. Así iniciaría la revolución. La asamblea se transformaría en Asamblea Nacional Constituyente para dotar a Francia de una constitución. Sobrevino, en ese mismo año de 1789, la abolición de privilegios, la Declaración de derechos del hombre y del ciudadano, entre una larga serie de acciones que transformarían a la sociedad francesa.

En 1791, Francia tendría finalmente su primera constitución moderna, dando fin a la monarquía absolutista e inicio a una monarquía constitucional basada en la separación de poderes y en la soberanía popular. La monarquía, sin embargo, caería al año siguiente y comenzaría la primera república francesa, la cual se compuso de tres distintas formas de gobierno (entre 1792 y 1804): la Convención, el Directorio y el Consulado. Bajo la Convención, vendría el momento más radical de la revolución, conocido como “el Terror”, en el que la persecución, el fanatismo y la guillotina para los “enemigos” de la revolución, serían –bajo las órdenes de Robespierre– la nota dominante. Hacia 1799, Napoleón da un golpe de Estado e instaura el Consulado, marcando la conclusión de la revolución francesa. En 1804, Napoleón establecerá su imperio.

Valor del documento

La Declaración podría concebirse como la cúspide moral de la revolución. Ambas, Declaración y revolución armada, no son en realidad sino el producto de una revolución intelectual anterior, la del Siglo de las Luces: la Ilustración, llamada así por su vocación para disipar las tinieblas de la humanidad mediante las luces de la razón.

Los principales teóricos de la Ilustración plantearon ideas novedosas y otras las retomaron del pasado. El Antiguo Régimen significó, para la historia de Francia, un sistema político y social, anterior a la revolución, asociado a las nociones de privilegios, de monarquía absoluta y de derecho divino, de arbitrariedad y de soberanía encarnada en la persona del rey. Con su fe en el progreso constante de la humanidad, en los beneficios de la ciencia y en relaciones distintas de poder, los teóricos de la Ilustración concibieron una nueva estructura del Estado, basada en el contrato social, la soberanía nacional, el equilibrio de poderes, el principio de legalidad, la limitación del poder, la protección de las libertades individuales, la sociedad igualitaria y la constitución como un documento escrito que, además de organizar al Estado, reconoce los derechos de todo ser humano. Se trata de cuestiones que para nosotros suenan normales, pero que en su momento fueron un parteaguas en la historia. Para Kant, la Ilustración fue el ingreso de la humanidad a su mayoría de edad, la victoria ante la ignorancia, por lo que su lema, decía el filósofo, sería Sapere aude: “atrévete a saber”. Una invitación a conocer, a reconocer verdades innegables como la igualdad y la libertad de todos los hombres, a combatir las otras “verdades”, impuestas por las supersticiones o por la Iglesia.

La Declaración francesa de 1789 –al igual que la Declaración de Virginia– inspiró textos similares en numerosos países de Europa y América Latina durante el siglo XIX. Es parte de la tradición liberal en la medida en que, al reconocer los derechos del hombre, limita el abuso del poder con la finalidad de ser más libres.





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