Carta sobre la misión diplomática de Nicholas Trist en México*

Virginia Trist



Trist –esposa de Nicholas Trist– escribió el 23 de agosto de 1863, en Filadelfia, esta reveladora carta al Sr. Tuckerman (un amigo del matrimonio). Sin duda, se trata de un documento cargado de resentimiento por el trabajo mal recompensado de su esposo en tanto que diplomático norteamericano encargado de firmar la paz durante la invasión de Estados Unidos a México. Como diría Germán Arciniegas, en ¿Nos conocen? ¿Los conocemos? ¿Nos conocemos?, el mutuo entendimiento requiere la manifiesta voluntad de querer conocer al otro y, de igual manera, querer conocerse a sí mismo. Al margen de su anecdótico tono amargo, la carta se presenta como una oportunidad para reconsiderar, a través de Nicholas Trist, la desazón todavía presente en el imaginario colectivo mexicano respecto del conflicto que vivimos entre 1846 y 1848. Nicholas Trist, quien contrajo matrimonio con Virginia (nieta de Thomas Jefferson), tuvo desde joven una prometedora carrera desempeñando cargos públicos hasta que, en su misión en México, desobedeció las órdenes del presidente Polk de regresar a Estados Unidos (a quien, por cierto, Virginia no llama sino solamente “Sr. Polk” o incluso “Sr. P.”). Decidió quedarse en México para firmar la paz en los términos que esta carta consigna. A pesar del éxito, Polk se molestó y Trist, efectivamente, sufrió las consecuencias. Pronto sería olvidado por el gran público y recordado por algunos como una persona mediocre que, por un lado, “robó” la mitad del territorio mexicano y, por otro lado, desobedeció a un presidente y obtuvo menos de lo que habría sido posible obtener.

Esta carta, estimado Sr. Tuckerman, tiene origen en las palabras de despedida que dirigió a mi marido en la terminal cuando partía de su última visita: esas palabras fueron recordadas por él, al regresar a casa, como una evidencia de la nobleza de la cual usted goza; y no es una exageración, sino que usted se lo merece verdaderamente; pues él tiene –y también yo– la más viva sensación de que usted ha hecho demasiado (más que demasiado) brindándole su ayuda. Sin embargo, si algo pudiese dar alivio a esa vida actual de trabajo penoso que él lleva, a partir de ese pequeño suceso, espero que así sea. Mis angustias diarias de verle volver, de su pesado trabajo a casa, con una impresión de estar tan agotado y triste, me han llevado naturalmente a pensar continuamente en buscar alguna manera de salvarlo de esa forma tan dura de ganarse la vida.

Ahora tiene sesenta y tres años, y cuando un hombre llega a esa edad, comienza a sentir la necesidad de descansar. Ha trabajado de buena gana y con seriedad toda su vida, y nunca ha titubeado frente a un trabajo porque fuese desagradable, sino al contrario, ha sacrificado los gustos naturales en él, su amor por el estudio –su mayor pasión– y la devoción por las destrezas que ha cultivado en favor del bien general.

Ha sacrificado todo esto en un afán de ser independiente, incluso si ha adquirido su independencia con una vida llena de penas. De hecho, su naturaleza enérgica y vivaz lo hace inconsciente de lo que no es sino demasiado obvio para su familia: que está desgastado por la vida que está llevando; y yo, naturalmente, pienso en maneras de liberarlo de esta servidumbre de vivir al día; una dolorosa carga para la cual está sobradamente calificado. Alguna vez hablé con él sobre el tema, un plan que había estado pensando para su alivio; dijo que era “la idea propia de una mujer”, de sobra imposible; creo que tenía razón, pero todos mis pensamientos ahora giran en torno a ese tema: la esperanza de encontrar algún medio para aliviarlo antes de que sea demasiado tarde.

Quizás, en alguna de sus visitas, habrá visto una casa bellísima en la calle Broad, detrás de la casa en que nosotros vivimos. Esa casa es el hogar de un marino, un capitán todavía en activo en su profesión, quien la recibió –así fui informada– como un regalo en compensación por un servicio realizado a los comerciantes o a las aseguradoras preocupadas por la seguridad de los navíos y de los cargamentos. Nuestra casual cercanía a esa manifestación de gratitud, con su bello jardín ante nuestros ojos y con su frescura, que de otro modo haría de nuestras ventanas jaulas, ha erigido naturalmente en nuestro hogar un vívido sentimiento de contraste entre las consecuencias que ha disfrutado ese capitán y su familia por el servicio de salvaguardar un solo navío y un solo cargamento, y las consecuencias para mi marido y su familia por el servicio brindado por él; un servicio, este último, por el que si sólo se considerara el beneficio que resultó de él en favor de individuos y de sus fortunas, esos individuos podrían contarse por cientos de miles. No tengo sino limitadas, superficiales y vagas nociones a propósito de los negocios, a pesar de ello me bastan para darme cuenta de que cuando llegaron las noticias sobre el éxito del Sr. Trist para concretar la paz con México (y de que no hubo ni siquiera un solo hombre de negocios en todo el país, a excepción de los contratistas del ejército que hacían fortunas a expensas del país) que no fuese ampliamente beneficiado. Y para muchos fue la salvación de una categórica ruina. Entre estos últimos, había ciertos banqueros en Washington, ahora millonarios, quienes, habiendo participado en gran medida en el último préstamo gubernamental, y habiéndose salvado gracias a ese tratado que llegó en el momento oportuno, habrían convertido cientos de miles de dólares en nada. El Tesoro del gobierno se encontraba en esa misma situación crítica. Era el último momento para hacer el trato y no parecía que ello funcionaría. Todo esto lo hemos sabido gracias a un amigo íntimo nuestro que tenía una posición tal que haría imposible que estuviese equivocado respecto a esta información.

En algún momento, por estos descuidos hacia el Sr. Trist, por los muchos que se han beneficiado de forma individual por el servicio público que ha prestado, cuando se hable de él, si se señalara que “pertenecía” a los banqueros de Boston o Nueva York, entonces veríamos que esto no habría sucedido, él y su familia entonces habrían sido ayudados; que la omisión de hacer cualquier cosa, se debió en su caso a la consecuencia natural de ser un desconocido y más particularmente a no ser identificado a nivel personal ni local con alguna comunidad, a diferencia de los casos antes señalados, en que las circunstancias eran favorables a una acción de ese tipo; favorables a su especial interés en el individuo que realiza un servicio público que se ha brindado, y a su interés asumido de forma positiva; favorables a un reconocimiento especial sobre su participación en el servicio y sobre la importancia para el país y para los individuos. En el caso del Sr. Trist, todo esto fue cumplido deficientemente. De los muchos que, si el caso hubiera sido enteramente comprendido, habrían manifestado un generoso reconocimiento del beneficio obtenido por ellos a partir de lo que él hizo, en realidad ninguno tiene un conocimiento certero sobre el tema. Apenas si había algún hombre en todo el país que supiera algo al respecto, a excepción del hecho en sí mismo de que el tratado había sido firmado y realizado por un hombre del cual nunca se había oído hablar sino hasta muy tarde, cuando su nombre había circulado en la prensa, durante unos meses, en virtud de los rumores de paz y de las agitaciones y las emociones.

Esta es la luz con la que la cuestión siempre se ha presentado al Sr. Trist. Pero –y como no necesito decírselo a usted o a cualquiera que haya disfrutado de la oportunidad de conocerlo– esto era totalmente incompatible con su naturaleza y con su personalidad: que no daría ningún paso, directa o indirectamente, en el sentido de presentar alguna queja, ante el público, para llamar la atención.

Bajo estas circunstancias, me atrevo a escribirle esta carta a pesar de lo que usted pueda pensar, no sólo por la interpretación más amable que de ella usted pudiera dar, sino también por la franqueza más perfecta, de su parte, para el caso en que por cualquier motivo no le conviniera proporcionarme la ayuda que tengo en mente. Es decir, llevar esta carta a sus amigos, prósperos hombres de negocios que como usted sabe se han beneficiado en sus actividades por la paz con México, y también dispuestos, por la generosidad de su carácter, desvelar el sentido de ese beneficio de la manera que la naturaleza del caso lo requiera.

A pesar de lo tarde que sea realizar ahora cualquier movimiento en este asunto, y a pesar de lo soberanamente desfavorable que sea este momento, marcado por las innumerables sangrías que sufre todo bolsillo en estos tiempos, ansío sin embargo la esperanza de que no sea demasiado tarde para acordar un modo de vida al Sr. Trist (es decir, una anualidad suficiente para su manutención durante los días que le restan). Dado que entra a los sesenta y cuatro años, la suma requerida para esto no debe ser muy grande, y sin embargo incalculable en cuanto al beneficio que ello representaría para él; pues los males que, como lo he atestiguado, continúan achacándolo, ahora y en el futuro, son mayores que lo que soy capaz de expresar. Es inútil decir algo sobre sus difíciles trabajos; sin afianzar ninguno de ellos en esos recurrentes viajes que emprende para recibir algún pago, mi corazón se preocupa al pensar en los accidentes de tren que él pudiera sufrir. Él nunca habla de ellos, pero los periódicos me recuerdan que ocurren aquí y en otros lugares, y que los hombres mueren o quedan lisiados en todas partes.

Para que esta cuestión sea claramente comprendida, refiérase al documento anexo en el que se presenta la verdad al respecto, tal y como ha sido entendida por la familia del Sr. Trist u obtenida del él mismo por nuestras visitas.

Ello hará comprender a otros, como lo comprende su familia, algunos amigos íntimos y yo misma, la verdad a propósito del grado en cual el país está en deuda con él.

A menudo se le ha instado a escribir la historia de su misión diplomática y la historia (por oficiales del ejército) de esa campaña; y si hubiera sido el amo de su tiempo, probablemente ambas cosas ya se habrían hecho hace mucho. Pues siempre ha dicho que lo vio como el cumplimiento de un deber hacia su país, un “último servicio” que le ofreció y que tenía que ofrecer. Pero las circunstancias en las que él se ha encontrado, incluso desde su regreso de México, y la necesidad impuesta a sus pensamientos y a su tiempo para asegurar nuestra subsistencia, presente y futura, lo ha obligado a posponer cualquier empresa de esa naturaleza hasta que esa necesidad sea cubierta. Si no ha sido así, ese fracaso no es su culpa. Pues no ha habido un deseo más serio y constante por parte de alguna persona para obtener un empleo remunerado que el del Sr. Trist, sin importar su naturaleza ni la violencia que ello significaría a sus gustos y a sus hábitos. De este auto sacrificio, usted ha tenido noticia. Él ha dedicado, a aquel negocio de la patente de unas parrillas, que usted conoce, casi un año de esfuerzos extenuantes y trabajos con obreros de los hornos, exponiendo su persona al brillo abrasador del fuego.

Antes de eso, se entregó con toda seriedad al negocio de popularizar la patente de la “lavadora”, un invento de unos hombres del oeste, a quienes conoció accidentalmente, y que por los esfuerzos del Sr. Trist, fue acogida por la familia Astor y por un hombre de industria de Troy. Estos dos ejemplos muestran cuán serio es su deseo de encontrar oportunidades para asegurar una manutención y cuán listo está no sólo para sacrificar sus gustos y hábitos, sino también para someterse a lo que cualquiera hubiera considerado como una pérdida de la dignidad, que en su caso no significó tal cosa; pues su sentido de “dignidad” depende enteramente de su carácter y de ninguna manera de la naturaleza del trabajo que un hombre, obligado por las circunstancias, debe emprender con sus propias manos. Del mismo modo que Garibaldi se involucró en el negocio de velas, sin ninguna pérdida de respeto por sí mismo o ningún sentimiento de humillación, el Sr. Trist va a cualquier lugar con aquellos hombres de las barras y de las lavadoras, con lo que ello significa, sin mayor vergüenza que la que sintió cuando, siendo plenipotenciario de nuestro país, se reunió con los cinco comisionados mexicanos. La prueba de ello está en uno de los incidentes que tuvo lugar, como él mismo lo ha contado, con aquellos comisionados. Justo antes de firmar el tratado, en ese “santuario” al cual acudieron para ese fin, uno de los mexicanos, Don Bernardo Couto, le dijo: “éste debe ser un momento orgulloso para usted, no menos orgulloso comparado con lo humillante que es para nosotros”. A lo cual el Sr. Trist respondió: “Estamos haciendo la paz, dejemos que ése sea nuestro único pensamiento”. Sin embargo, según nos ha relatado, pensó: “Si acaso esos mexicanos hubieran visto a través de mi corazón, habrían sabido que mi vergüenza por ser estadounidense era más intensa que la suya por ser mexicanos. Más valía quedarse callado, pues para cualquier estadounidense prudente habría sido una razón para sentir vergüenza, y yo estaba avergonzado, muy intensa y claramente avergonzado. Éste fue mi sentimiento en todas nuestras reuniones y especialmente en los momentos en que yo debía insistir en los puntos ante los cuales ellos se oponían. Si esos momentos hubiesen sido gobernados por mi consciencia como ser humano y por mi sentido de la justicia, como individuo estadounidense, habría lanzado un grito a cada ocasión. Nada me impedía hacerlo, a excepción de la convicción de que en ese caso el tratado sería tal que de ningún modo sería aceptado por nuestro gobierno. Mi objetivo no fue el obtener tanto como podía, sino al contrario, hacer el tratado lo menos exigente posible para México y al mismo tiempo compatible con su aceptación en Estados Unidos. En esto me goberné por dos consideraciones: una fue la iniquidad de la guerra y el abuso de poder de nuestra parte; la otra fue que entre más desventajoso fuese el tratado para México, mayor oposición habría en el congreso mexicano por parte del partido que se jactaría de su habilidad para frustrar cualquier medida pacificadora”.

En el documento anexo, se verá cuán extraordinario fue; cuán peculiar es en las reclamaciones que presentaría a título personal y de servicios a tan grato reconocimiento de esos servicios.

A lo contenido allí, agregaré algunos incidentes que tuvieron lugar, según recuerdo, y que estarán consignados en un documento distinto. De ellos, usted tendrá conocimiento, probablemente por primera ocasión y, sin duda, para su gran sorpresa, de tantas cosas a propósito del tratado y que el país ignora profundamente: que ni un solo centavo de compensación, de ningún tipo, fue otorgado al Sr. Trist por el servicio de hacer la paz. Me refiero a los servicios que tuvieron lugar durante la negociación del tratado, desde el inicio hasta el final.

En este respecto, ningún reproche atañe a la administración, que fue obligada por la opinión pública y por la fuerza de las circunstancias a aceptar la paz acordada, a pesar de las instrucciones explícitas, y en detrimento de los planes secretos y de las maquinaciones, para la absorción de “todo México”. Los miembros de la administración no son los culpables de que él no recibiera ninguna compensación, pues nunca reclamó ninguna y tampoco la hubiera aceptado. En el mismo momento en que decidió desobedecer esas instrucciones, también decidió que en caso de que su temeridad no fuera coronada con el éxito de la negociación, nunca aceptaría ninguna clase de compensación del gobierno (ya fuese de la administración de Polk o cualquier otra) por el periodo correspondiente al salario que hubiese percibido en caso de obedecer la orden de retirarse de México. Decidió que, en caso de resultar exitoso, el servicio brindado por él sería un servicio a su nación, un servicio gratuito en favor de ella por uno de sus ciudadanos, y no al gobierno que había cesado a un servidor por medio del acto de la administración que lo despojó de todo carácter público.

Fue congruente consigo mismo en todo tiempo. La presión de las circunstancias, a pesar de las tentaciones ofrecidas por la carta del coronel Benton, de la cual anexo una copia, no fue la única ni la primera sugerencia de ese tipo dirigida a su persona.

En lo que respecta al periodo de esa misión, por el que tenía derecho a una compensación bajo las reglas y prácticas del departamento, el gobierno hasta el día de hoy está en deuda; no se trata de un monto muy elevado, es verdad, pero alcanza varios cientos de dólares. Como si nada fuese lo suficientemente perverso para la miserable venganza del Sr. Polk, luego de que sus ofrecimientos de amistad fuesen rechazados por el Sr. Trist con el desdén que merecían, dio la orden de no cumplir la práctica que permite a un ministro percibir un salario hasta el término de su ciclo o hasta el día que pueda dejando una amplia libertad para este propósito. De conformidad con esta práctica, el Sr. Trist hizo sus cuentas, indicando que el día en que su salario debió terminar fue el día siguiente en que recibió la orden de retirarse y en que hubiese podido dejar la Ciudad de México (si hubiese obedecido la orden): ese día en que pudo regresar en un tren particular con su escolta y que el Sr. Trist esperaba justamente tomar cuando finalmente decidió quedarse. Por su parte, la cuenta del departamento, familiarizado con esta práctica, reconoció también ese día como el día en que su salario debía terminar; pero el Sr. Polk ordenó su modificación para señalar como momento de terminación el día mismo en que la orden de retiro fue recibida por el Sr. Trist.

Además de la privación de varias semanas de salario, debidas con toda justicia antes de decidir desobedecer, hubo varios cientos de dólares gastados por él en virtud de necesidades oficiales, que debieron ser rembolsadas, pese a que el Sr. Polk esperaba alguna reciprocidad en sus ofrecimientos de amistad.

Pero no ocurrió así, la mente del Sr. Trist estaba demasiado ocupada en los intereses públicos como para pensar en asuntos de dinero. Y nunca ocurrió. Esa muestra de miserable rencor (la reducción de su salario) habría sido suficiente –además de la total renuencia que ello le despertó– para evitar que el Sr. Trist presentara una reclamación, aunque justa, que dependiera de la “aprobación” un ser tal como el Sr. P. en sus facultades presidenciales.

Querido señor Tuckerman, esta carta se ha extendido inesperadamente demasiado. Me congoja infligirle esto. A pesar de la valentía y la confianza inspiradas por lo que sé de la bondad de su corazón, y del generoso interés que siente por mi marido, el valor me falla ahora y no podría enviarle esto a usted si no fuera por cuanto depende de ello: la perseverancia de mi parte está en mi única esperanza terrenal de la liberación de los males a los cuales me he referido y las causas por las cuales adquiere cada día nueva fuerza.

Créame, querido señor mío, su amiga muy agradecida. V. J. Trist

*Traducción por Carlos Patiño Gutiérrez. Agradecimientos a Bill y Jacque Demmer por su apoyo.




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