Indiferencia (Detachment) de Tony Kaye

Reseña por Carlos Patiño Gutiérrez



100 min., 2011, Estados Unidos, Paper street films.

Todo indicaría que esta película aborda los problemas del sistema educativo –ilustrados a partir de la vida de un profesor (Henry Barthes interpretado por Adrien Brody)–, y sin embargo considero que la historia trata más bien el vacío existencial que puede vivir cualquier persona y que, en este caso, resulta ser un profesor.

Barthes es un profesor asignado a trabajar en una escuela problemática. Tres mujeres aparecen, en ese momento, en su vida: una niña prostituta, una colega profesora y una estudiante deprimida. El entorno laboral, tremendamente adverso, lo hace lidiar con estudiantes violentos e insultantes, y con profesores resignados y derrotados. A pesar de enfrentarse a todos ellos con habilidad, el mismo Barthes vive sus propios problemas.

Barthes interviene continuamente, con voz en off, admitiendo el fracaso de los profesores para llamar la atención de los estudiantes y ofrecer algo que decirles; para conciliar el aprendizaje de los conocimientos formales con la avasalladora realidad, los intereses y las verdaderas necesidades que enfrentan los estudiantes de hoy; y para presentarse ante ellos como sus guías.

Quizás el panorama que nos ofrece la película es catastrófico. Profesores mediocres y estudiantes fallidos que conforman una escuela “basura” de rendimientos vergonzosos. Un estudiante, por ejemplo, hace puré a un gato a martillazos; una alumna que con su (poca) vestimenta transmite confusos mensajes sexuales a sus compañeros que pueden reducir su persona a la calidad de un objeto; estudiantes que se muelen entre sí a golpes en la biblioteca; otros al borde del suicidio; alumnos que interrumpen, humillan y gritan al profesor con una zarabanda de groserías. Sí, probablemente el escenario es catastrófico, pero no es inverosímil, pues los peores momentos de la vida de cualquier persona pueden sentirse así de agobiantes.

A pesar de todo, el interés de la película –como dije antes– radica no en el mundo que rodea a Barthes, sino en el sufrimiento que carga en su interior. Es, de hecho, del mundo exterior –que le es indiferente– del cual se siente desligado. Es un caballero solitario que vive la pesadumbre de la vida y los tormentos personales con una mezcla de aislada resignación y desesperado malestar.

Para no arruinar la película al lector, solamente diré que Barthes sufre el vacío que le ha provocado la muerte de una persona muy cercana a él y cuyo dolor, en la ambigüedad de sus sentimientos y de sus recuerdos, no logra apaciguar.

Dentro de esta rememoración continua de su trauma personal, Barthes conoce a Erica, una niña que ejerce la prostitución en la calle. Con un afán desinteresado, protege a Erica y la lleva a casa. Por parte de ella se genera, por momentos, una ambigüedad amistosa-amorosa sobre esa relación con su nuevo protector. Barthes conoce también a una compañera de trabajo cuyas intenciones son igualmente ambiguas, pues rondan más bien –cosa natural– el impulso de acercarse a alguien por soledad. Por último, conoce también a Meredith, una gentil pero depresiva estudiante, que aislada por sus compañeros en virtud de su carácter y de su obesidad, se acerca a Barthes de un modo inocente pero que al mismo tiempo podría ser cuestionado en las relaciones estudiante-profesor.

La película tiene por momentos apariencia de filme documental. Además, hay constantes cortes de escena que se entremezclan con los recuerdos de Barthes. Así pasamos de una escena suya, en clase, a un recuerdo, de ahí a sus paseos por la calle, y luego a escenas de la vida de otros personajes, y de nuevo a sus recuerdos, haciendo por lo tanto saltos continuos en la historia. Esto es posible, como dije antes, porque la película no se centra en la sucesión de hechos que conforman la trama, sino en el dolor que Barthes vive en su fuero interior.

Naturalmente, para que la película alcance un clímax sí requiere de un hecho grave en la trama de la historia, por lo que tiene lugar una tragedia.

Sería absurdo pensar que la educación de hoy es peor que la de antes. Sin duda, actualmente más gente se prepara a través de los estudios y aprende más cosas que nunca. Pero también hay que admitir que el ambiente que viven los estudiantes es el de la frivolidad.

Los jóvenes –en particular las mujeres– se enfrentan a exigencias imposibles de cumplir, respecto a su apariencia física, que los llevan a cultivar una personalidad superficial y a despreciar la dignidad de las personas. La película no acaba bien. Pero así es la vida, tampoco acaba bien.





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